La Iglesia de Dios: Donde la verdadera fe jamás pierde el control

0

 

Por: Armando Olivero

Recientemente, tras asistir a una iglesia en Reading, Pennsylvania, presencié una escena que sacudió profundamente mi espíritu y me llevó a una rigurosa reflexión teológica. Lo que vi no fue la reverencia del pueblo de Dios, sino un escenario de histeria colectiva, convulsiones motoras y un balbuceo incomprensible elevado a la categoría de dogma. Bajo la premisa de estar «llenos del Espíritu Santo», se celebra el caos, se promueve la pérdida del conocimiento y se valida el desorden en la casa de Dios.

Sin embargo, un análisis exegético de las Escrituras revela que estas prácticas no constituyen una manifestación del Altísimo, sino una réplica de antiguas dinámicas del paganismo.

Para comprender la distorsión actual, es preciso volver a la génesis del evento. La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2) representó un hito histórico e institucional para la Iglesia naciente.

La promesa del Padre no descendió para sumergir a los discípulos en un trance irracional, sino para capacitarlos en la proclamación del Evangelio a todas las naciones.

El fenómeno del hablar en lenguas (xenoglosia) en Pentecostés tuvo un propósito comunicativo directo y apologético: personas de diversos orígenes e idiomas escucharon de manera clara e inteligible las maravillas de Dios en su propia lengua materna. El fin era la comprensión del mensaje y la inclusión de los gentiles, no el despliegue de un éxtasis incomprensible.

En una congregación donde todos compartimos el mismo idioma castellano, el uso público e incomprensible de lenguas carece de todo sentido teológico y misionero. ¿Qué propósito pedagógico o espiritual cumple emitir sonidos ininteligibles para una audiencia que ya comprende el mensaje en su propia lengua?

El apóstol Pablo fue tajante al respecto: si la manifestación es solo para «hablar con Dios» de forma individual, el mandato bíblico exige guardar estricto silencio en la congregación (1 Corintios 14:28). Transformar la devoción privada en un espectáculo público que interrumpe la adoración colectiva no es un acto de espiritualidad, sino una violación directa del principio de edificación mutua. Como sentenció el apóstol: «Si con la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire» (1 Corintios 14:9).

Resulta imprescindible rescatar la naturaleza del verdadero bautismo del Espíritu Santo y del fuego. El bautismo en agua es una ordenanza física administrada por manos humanas como testimonio público; pero el bautismo en el Espíritu y en fuego es una prerrogativa exclusiva de Jesucristo. Este no se imparte mediante soplos, empujones ni manipulaciones en el altar.

La Biblia declara que desde el momento de la fe sincera, el cuerpo del creyente pasa a ser templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19), una morada divina que opera en lo secreto del corazón. El verdadero «fuego» de Dios no es una descarga de adrenalina ni un trance de inconsciencia; es la acción purificadora e invisible que consume la vanidad y la inmoralidad en la vida del individuo, produciendo un carácter íntegro, sobrio y transformado.

La presencia del Espíritu Santo se mantiene viva en el creyente no a través del espectáculo físico, sino mediante la transformación moral y la coherencia de vida. Jesús dejó sentado un principio evaluativo de carácter absoluto: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). La validez de cualquier manifestación espiritual no se mide por la euforia momentánea, sino por la conducta posterior del individuo.

Si una persona que afirma estar llena del Espíritu presenta estilos de vida contradictorios, conductas cuestionables o una falta de integridad moral, la veracidad de su experiencia queda desmantelada. El texto bíblico es categórico al definir la verdadera impronta divina en el ser humano: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio» (Gálatas 5:22-23). Es precisamente el dominio propio (egkrateia, la facultad de autogobernarse) la prueba irrefutable de la guía divina.

Por tanto, cuando una persona es verdaderamente influenciada por el Espíritu Santo, jamás pierde el control ni la voluntad de sí misma. Escenas donde los individuos caen inconscientes al piso, se revuelcan y pierden la sobriedad guardan una inquietante similitud con los relatos neotestamentarios de azote espiritual maligno (como el muchacho de Marcos 9, sacudido violentamente por un espíritu mudo) o con los ritos mistéricos de la Antigüedad, donde el devoto buscaba la pérdida de la razón para ser «poseído» por la deidad.

La teología bíblica jamás presenta a la Tercera Persona de la Trinidad aniquilando la conciencia del hombre. El apóstol Pablo lo dejó sentado con claridad jurídica y teológica: «Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (1 Corintios 14:32). La inspiración divina no despoja al individuo de su libre albedrío; si no hay autocontrol ni frutos de santidad, no hay Espíritu Santo.

Desde la perspectiva de la edificación comunitaria y el orden que debe regir el culto público, las reglas apostólicas son tajantes contra la confusión: si no hay intérprete, se guarda silencio. El principio normativo no deja margen a la ambigüedad: «Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Corintios 14:33) y «Hágase todo decentemente y con orden» (1 Corintios 14:40).

Cuando la iglesia tolera que la fe se reduzca a un trance desenfrenado y desprovisto de frutos éticos, no solo extravía a su membresía, sino que proyecta ante la sociedad una imagen de locura e irracionalidad que distorsiona la verdad de Dios. La verdadera manifestación del Espíritu Santo ante la Iglesia y el mundo no se mide por la estridencia de un descontrol corporal, sino por la firmeza de la razón iluminada, el autodominio del creyente, la dignidad en la conducta y la proclamación inteligible de la Verdad.

No hay comentarios

🎥 Últimos reportajes en video