Santo Domingo, República Dominicana – 23 de abril de 2026 – La sociedad dominicana, en sus múltiples estratos, se enfrenta a un desafío silencioso pero devastador: la complicidad que nace de la omisión y el miedo, un fenómeno que permite que irregularidades y actos de corrupción se perpetúen impunemente. Esta realidad, palpable en diversos ámbitos, encuentra un eco dramático en escenarios tan cotidianos como el de una construcción.
Imaginemos, por un momento, el maestro constructor que observa una columna torcida, una viga mal colocada, un doblez incorrecto en el acero que compromete la integridad de toda la estructura. Si, a pesar de su conocimiento y responsabilidad, decide ignorarlo y permitir que la obra continúe con ese vicio oculto, no solo está faltando a su deber profesional, sino que se convierte en cómplice de un engaño que pone en riesgo vidas y recursos. Peor aún, si esta omisión es fruto de una connivencia con obreros o suplidores para desviar materiales o fondos, la complicidad se vuelve un acto deliberado de fraude contra el dueño de la construcción, quien permanece en la ignorancia.
Este patrón de "dejar las cosas como están" o de "ocultar" defectos por miedo, conveniencia o interés, no es exclusivo del sector de la construcción. Lamentablemente, se reproduce en todas las ramas sociales de la República Dominicana. Desde el servicio público, donde la mirada complaciente ante la ineficiencia o la corrupción de un colega se normaliza, hasta la empresa privada, donde se evaden controles o se manipulan informes.
La complicidad del silencio no es solo la ausencia de una denuncia; es una forma activa de participar en el deterioro del bien común. Es el acto de mirar con miedo o conveniencia, permitiendo que el engaño prospere. Cuando el que sabe y tiene la capacidad de corregir o denunciar, no lo hace, se crea un sistema donde la mentira y la irregularidad se asientan, minando la confianza, la ética y, en última instancia, el desarrollo de la nación.
Es imperativo que, como sociedad, reflexionemos sobre este patrón. La integridad comienza con la valentía de señalar lo incorrecto, de no ser cómplice de la dejadez o la corrupción, y de exigir la transparencia y la calidad que el país merece en todos sus ámbitos. Solo así podremos construir cimientos sólidos, no solo en nuestras edificaciones, sino en el tejido moral y ético de nuestra República.
