
Por Felipe Castro
Esa expresión le cae a la perfección a la actividad política local, si tomamos en cuenta que el transfuguismo y el arribismo revestido de oportunismo, en la mayoría de los casos arropan los puestos de poder, sin aportar ningún sacrificio. Es practica de ley en la política nacional, que un segmento de elementos de la supra estructura de nuestra sociedad, sin hacer aportes para alcanzar el poder, encuentran la forma para enquistarse en el mismo, y desde allí, se erigen en los más despiadados inquisidores contra aquellos que han tenido la suerte de ser retribuidos con una posición publica por todos los tipos de esfuerzos y sacrificios que hicieron para que su partido alcance poder.
Para esa estirpe o clase de individuos, que, como buitres carroñeros, con características de enólogos catadores de los mejores vinos, que con olfato de carroña otean los puestos burocráticos del poder con una creatividad que raya la micro distancia del pragmatismo y la gran longitud de la ética y la moral.
Éticamente la política se ocupa de los deberes y normas morales que deben guiar la conducta de los actores políticos (funcionarios, legisladores, partidos), enfatizando la obligación de actuar correctamente, con honestidad, lealtad, transparencia y respeto a la ley y los derechos humanos, independientemente de las consecuencias electorales o partidistas, buscando el bien común y el cumplimiento de las responsabilidades inherentes a su cargo. Se enfoca en el “deber ser” de la política, contraponiéndose a un pragmatismo que ignora la moralidad intrínseca de las acciones, y a menudo se formaliza en códigos éticos para regular su ejercicio.
Lo anterior es la realidad objetiva de la política. “El deber ser” son las normas, valores y prescripciones que dictan cómo deberían ser esas conductas o hechos, constituyendo la base de la ética, la moral y el derecho.
Pero desafortunadamente en las actuaciones políticas existe el elemento factico de “El ser”, que se refiere a la realidad tal como es (hechos, conductas reales), que se antepone al “deber ser” como realidad objetiva, desplazando a la meritocracia, el sacrificio por el trabajo político y la lealtad como uno de los elementos más noble del Ser.
Eso desestimula y convierten al sacrificado y leal, como si fuera un perro de dos dueños que por su condición de tener dos propietarios muere famélico, porque los dueños no les dan comida, ya que entre si creen que el otro le da comida. A diferencia del que le da pan a perro ajeno, ya que pierde el pan y también pierde al perro.
Felipecastro2378@gmail.com