El pueblo los hizo, y el pueblo los olvidará

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La historia del malagradecido: crónica de un político traidor

Por Diego Torres – Al Instante a Diario


Santo Domingo RD..En la República Dominicana, y en gran parte de América Latina, la historia de muchos políticos empieza igual: nacen en la pobreza, crecen entre carencias y sobreviven en medio del abandono. Conocen el hambre, la frustración y la rabia de ver a su familia padecer sin que el Estado haga nada. Se crían descalzos, comiendo una vez al día cuando hay suerte, soñando con algún día "salir del hoyo". Muchos de ellos, en su juventud, lloraron de impotencia cuando no tenían ni para el pasaje. Tocaron puertas que no se abrieron, pidieron favores que pocos quisieron dar.


Y fue ese pueblo humilde el que les tendió la mano. El vecino que compartió su plato de comida, el compadre que le prestó una camisa para ir a una entrevista, el médico que lo curó sin cobrarle un centavo, o aquel dirigente comunitario que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. Todos ellos formaron parte de su ascenso. Fueron la base de un sueño que parecía imposible.


Pero el tiempo y el poder son pruebas que pocos superan.


Hoy, convertidos en “líderes”, senadores, diputados, regidores o alcaldes, muchos de esos hombres que salieron de los barrios pobres se han transformado. Se han subido en sus yipetas de lujo, con aire acondicionado a todo dar y los cristales oscuros para no ver al pueblo que los vio nacer. Ya no saludan con afecto, ahora hay que pedirle audiencia a un asistente. No caminan por las calles polvorientas que antes recorrían a pie; ahora se reúnen en hoteles de cinco estrellas y posan para las cámaras en eventos protocolares. Se han rodeado de aduladores que solo dicen “sí”, que aplauden cada palabra aunque no tenga sentido, y que les alimentan el ego mientras les vacían el alma.


Lo más doloroso no es que hayan cambiado su ropa o su manera de hablar. Lo trágico es que hayan olvidado.

Olvidado quién les dio la mano cuando estaban en el suelo. Olvidado al amigo que los defendió, a la madre que rezaba por ellos, al maestro que los impulsó, a la comunidad que votó por ellos con la esperanza de un cambio.


Muchos de estos políticos traicionan con su ingratitud. Cierran la puerta a los que los ayudaron. Se burlan del pasado como si fuera una mancha que quieren borrar. Miran con desprecio al pobre, como si no fueran parte de esa misma historia.


Pero la traición tiene consecuencias.


El pueblo observa. Tarda, pero no olvida. El que fue solidario con un líder y luego recibe indiferencia, termina desilusionado. Y esa desilusión se convierte en repudio. Porque no hay peor herida que la que causa un malagradecido. Y no hay castigo más justo que el del olvido cuando el pueblo ya no quiere ni pronunciar tu nombre.


Lo más irónico de todo es que, aunque crean que el poder es eterno, todos, absolutamente todos, terminarán en el mismo lugar: un ataúd. Sin lujos, sin guardaespaldas, sin fanáticos. Ahí no caben ni las villas en Jarabacoa, ni las cuentas en dólares, ni los aplausos fingidos. Solo va el alma. Y si esa alma está podrida por la ambición, la soberbia y la traición, no hay discurso bonito que la salve.


Esa es la gran desgracia de nuestro país: no solo la pobreza económica, sino la pobreza moral de aquellos que olvidan de dónde vienen y usan el poder no para servir, sino para servirse.


Que esta crónica sirva de advertencia. Porque más temprano que tarde, la historia les pasará factura. Y cuando ese día llegue, muchos de esos políticos que hoy se sienten intocables se irán solos, tristes, condenados por la memoria de un pueblo que ya no cree en ellos.


Que Dios, la historia y la conciencia de cada uno se encarguen de pasarles cuenta.

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